Querida sombra:
Hace unos días estaba pensando en lo bonita que es la Navidad. Todo lleno de colores, luces y de personas con prisa. Pero esta vez esa prisa no es por el ajetreo de la monotonía de un día a día lleno de trabajo y horas de sueño, sino por la compra de regalos y alimentos para pasar estos días en familia. No puedo evitar pasear por las calles de Madrid con la boca abierta, captando todo detalle y sin dejarme nada que observar. Me gusta imaginar la vida que pueden tener ciertas personas a las que no volveré a ver en mi vida y en esta época del año esa curiosidad incrementa.
Personas, personas y nada más que personas de un lado a otro. Y todas parecen desprender un brillo que no les acompaña de costumbre.
¿Qué sería de la Navidad si no existiera esa magia en las personas?
Luego estuve pensando en lo injusta que puede llegar a ser la Navidad. Mientras la mayoría es feliz hay otra parte que pasa de los peores días del año. Porque la Navidad también tiene la manía de hacer recordar a aquellos que ya no están, y también recuerda que esta fiesta no es igual para aquellos que carecen de dinero. ¿Por qué el dinero limita todo?
Al final todo se reduce a eso. A la sociedad, el consumismo.
Quizás sea culpa mía por encontrar siempre el fallo en todo lo que parece bueno. Es bien sabido que hasta lo más perfecto del mundo no está libre de errores. Es tarea nuestra el querer ver estos fallos agrandados o reducirlos hasta casi no verlos.
Y en la Navidad, prefiero reducir los errores.
Si la sociedad ha conseguido crear algo tan bonito, entonces ¿por qué no dejarse llevar?
Con cariño,
Jo jo jo.
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